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Dogmas sobre el Infierno

Febrero 6, 2009

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I. La Realidad del infierno

Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal van al infierno (dogma de fe).

El infierno es un lugar y estado de eterna desdicha en que se hallan las almas de los réprobos. La existencia del infierno fue impugnada por diversas sectas, que suponían la total aniquilación de los impíos después de su muerte o del juicio universal. También la negaron todos los adversarios de la inmortalidad personal (materialismo).

El símbolo Quicumque confiesa: «Y los que (obraron) mal irán al fuego eterno»; Dz 40. El Papa Benedicto XII declaró en su constitución dogmática Benedictus Deus: «Según la común ordenación de Dios, las almas de los que mueren en pecado mortal, inmediatamente después de la muerte, bajan al infierno, donde son atormentadas con suplicios infernales»; Dz 531 ; cf. Dz 429, 464, 693, 835, 840.

El Antiguo Testamento no habla con claridad sobre el castigo de los impíos, sino en sus libros más recientes. Según Dan 12, 2, los impíos resucitarán para «eterna vergüenza y oprobio». Según Judith 16, 20s, el Señor, el Omnipotente, tomará venganza de los enemigos de Israel y los afligirá en el día del juicio: «El Señor omnipotente los castigará en el día del juicio, dando al fuego y a los gusanos sus carnes, para que se abrasen y lo sientan para siempre»; cf. Is 66, 24. Según Sap 4, 19, los impíos «serán entre los muertos en el oprobio sempiterno», «serán sumergidos en el dolor y perecerá su memoria»cf. 3, 10; 6, 5 ss.

Jesús amenaza a los pecadores con el castigo del infierno. Le llama gehenna (Mt 5, 29 s; 10, 28; 23, 15 y 33; Mc 9, 43, 45 y 47), gehenna de fuego (Mt 5, 22; 18, 9), gehenna donde el gusano no muere ni el fuego se extingue (Mc 9, 46 s), fuego eterno (Mt 25, 41), fuego inextinguible (Mt 3, 12; Mc 9, 42), horno de fuego (Mt 13,42 y 50), suplicio eterno (Mt 25, 46). Allí hay tinieblas (Mt 8, 12; 22, 13; 25, 30), aullidos y rechinar de dientes (Mt 13, 42 y 50;24, 51 ; Lc 13, 28).

San Pablo da el siguiente testimonio: «Esos [los que no conocen a Dios ni obedecen el Evangelio] serán castigados a eterna ruina, lejos de la faz del Señor y de la gloria de su poder» (2 Tes 1, 9; cf. Rom 2, 6-9; Heb 10, 26-31). Según Ap 21, 8, los impíos «tendrán su parte en el estanque que arde con fuego y azufre»; allí serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (20, 10; cf. 2 Pe 2, 6; 7).

Los Padres de la Iglesia dan testimonio unánime de la realidad del infierno.

Según San Ignacio de Antioquía, todo aquel que «por su pésima doctrina corrompiere la fe de Dios por la cual fue crucificado Jesucristo, irá al fuego inextinguible, él y los que le escuchan» (Ef 16, 2).

San Justino fundamenta el castigo del infierno en la idea de la justicia divina, la cual no deja impune a los transgresores de la ley (Apol. II 9); cf. Apol. I 8, 4; 21, 6; 28, 1; Martyrium Polycarpi 2, 3; 11, 2; San Ireneo, Adv. Haer. iv, 28, 2.

II. Naturaleza del suplicio del infierno

La escolástica distingue dos elementos en el suplicio del infierno: la pena de daño (suplicio de privación) y la pena de sentido (suplicio para los sentidos). La primera corresponde al apartamiento voluntario de Dios que se realiza por el pecado mortal; la otra, a la conversión desordenada a la criatura.

La pena de daño, que constituye propiamente la esencia del castigo del infierno, consiste en verse privado de la visión beatífica de Dios; cf. Mt 25, 41 : «¡Apartaos de mí, malditos!»; Mt 25, 12: «No os conozco»; 1 Cor 6, 9: «¿ No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios?»; Lc 13, 27; 14, 24; Ap 22, 15; (San Agustín, Enchir, 112).

La pena de sentido consiste en los tormentos causados externamente por medios sensibles (es llamada también pena positiva del infierno). La Sagrada Escritura habla con frecuencia del fuego del infierno, al que son arrojados los condenados; designa al infierno como un lugar donde reinan los alaridos y el crujir de dientes… imagen del dolor y la desesperación.

El fuego del infierno fue entendido en sentido metafórico por algunos padres (como Orígenes y San Gregorio Niseno) y algunos teólogos posteriores, los cuales interpretaban la expresión «fuego» como imagen de los dolores puramente espirituales, -sobre todo, del remordimiento de la conciencia- que experimentan los condenados. El magisterio de la Iglesia no ha condenado esta sentencia, pero la mayor parte de los padres, los escolásticos y casi todos los teólogos modernos suponen la existencia de un fuego físico o agente de orden material, aunque insisten en que su naturaleza es distinta de la del fuego actual.

La acción del fuego físico sobre seres puramente espirituales la explica Santo Tomás -siguiendo el ejemplo de San Agustín y San Gregorio Magno – como sujeción de los espíritus al fuego material, que es instrumento de la justicia divina. Los espíritus quedan sujetos de esta manera a la materia, no disponiendo de libre movimiento; Suppl. 70, 3.

III. Propiedades del infierno

A. Eternidad

Las penas del infierno duran toda la eternidad (dogma de fe).

El Concilio IV de Letrán (1215) declaró: «Aquellos [los réprobos] recibirán con el diablo suplicio eterno» Dz 429; cf. Dz 40, 835, 840.

La Sagrada Escritura pone a menudo de relieve la eterna duración de las penas del infierno, pues nos habla de «eterna vergüenza y confusión» (Dan 12, 2; cf. Sap. 4, 19), de «fuego eterno> (Judith 16, 21; Mt 18, 8; 25, 41;), de «suplicio eterno» (Mt 25, 46), de «ruina eterna» (2 Tes 1, 9). El epíteto «eterno» no puede entenderse en el sentido de una duración muy prolongada, pero a fin de cuentas limitada. Así lo prueban los lugares paralelos en que se habla de «fuego inextinguible» (Mt: 3, 12; Mc 9, 42) o de la «gehenna, donde el gusano no muere ni el fuego se extingue» (Mc 9,46 s), e igualmente lo evidencia la antítesis «suplicio eterno – vida eterna» en Mt 25, 46. Según Ap 14, 11 (19, 3), «el humo de su tormento [de los condenados] subirá por los siglos de los siglos», es decir, sin fin; (cf. Ap 20, 10).

La «restauración de todas las cosas», de la que se nos habla en Hechos 3, 21, no se refiere a la suerte de los condenados, sino a la renovación del mundo que tendrá lugar con la segunda venida de Cristo.

Los padres, antes de Orígenes, testimoniaron con unanimidad la eterna duración de las penas del infierno: cf. San Ignacio de Antioquía, Eph. 16, 2, San Justino, Apol. 1 28, 1 ; Martyrium Polycarpi 2, 3; 11, 2; San Ireneo, Adv. Haer. IV 28, 2; Tertuliano, De poenit. 12.

La negación de Orígenes tuvo su punto de partida en la doctrina platónica de que el fin de todo castigo es la enmienda del castigado. San Agustín sale en defensa de la infinita duración de las penas del infierno, contra los origenistas y los «misericordiosos» que en atención a la misericordia divina enseñaban la restauración de los cristianos fallecidos en pecado mortal; cf. De civ. Dei xxi 23; Ad Orosium 6, 7; Enchir. 112.

La verdad revelada nos obliga a suponer que la voluntad de los condenados está obstinada inconmovíblemente en el mal y que por eso es incapaz de verdadera penitencia. Tal obstinación se explica por rehusar Dios, a los condenados, toda gracia para convertirse.

[¿Por qué razón las penas del infierno son eternas?
Dice Santo Tomás: “La pena del pecado mortal es eterna, porque por él se peca contra Dios, que es infinito. Y como la pena no puede ser infinita en su intensidad, puesto que la criatura no es capaz de cualidad alguna infinita, se requiere que, por lo menos, sea de duración infinita” (45).]

B. Desigualdad

La cuantía de la pena de cada uno de los condenados es diversa según el diverso grado de su culpa (de sentido común).

Los concilios de Lyón y Florencia declararon que las almas de los condenados son afligidas con penas desiguales, Dz 464, 693. Probablemente esto no se refiere únicamente a la diferencia específica entre el castigo del solo pecado original y el castigo por pecados personales, sino que también quiere darnos a entender la diferencia gradual que hay entre los castigos que se dan por los distintos pecados personales.

Jesús amenaza a los habitantes de Corozaín y Betsaida asegurando, que por su impenitencia, han de tener un castigo mucho más severo que los habitantes de Tiro y Sidón; Mt 11, 22. Los escribas tendrán un juicio más severo; Lc 20, 47.

San Agustín nos enseña: «La desdicha será más soportable a unos condenados que a otros» (Enchir. III). La justicia exige que la magnitud del castigo corresponda a la gravedad de la culpa.

Tomado del  “Manual de Teología Dogmática”,  de Ludwig Ott

Las penas del Infierno

Febrero 6, 2009

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Las penas del infierno difieren en grado de acuerdo al demérito. Esto es cierto no solo en relación con el dolor de sentido, sino también al dolor de pérdida. Un mayor odio a Dios, una conciencia más vívida del abandono total de bondad Divina, una mayor inquietud  por satisfacer el deseo natural de beatitud con cosas externas a Dios, un sentido más agudo de verguenza y confusión ante el desatino de haber buscado felicidad en el gozo terrenal – todo esto implica como su correlación una más completa y dolorosa separación de Dios.

Las penas del infierno son esencialmente inmutables; no hay intermedios temporales o alivios pasajeros. Algunos Padres y teólogos, en particular el poeta Prudencio, expresó la opinión que en algunos determinados días Dios otorga a los condenados cierto respiro y que además de esto, las plegarias de los creyentes les obtienen para ellos otros intervalos de descansos ocasionales. La Iglesia nunca ha condenado esta opinión en términos expresos. Pero ahora los teólogos están justa y unánimemente rechazándola. Santo Tomás la condena severamente (In IV Sent., dist. xlv, Q. xxix, cl.1). [Cf. Merkle, “Die Sabbatruhe in der Hölle” in “Romische Quartalschrift” (1895), 489 sqq.; ver también Prudencio.]

Sin embargo, no están excluidos, los cambios accidentales en las penas del infierno.  Así puede ser  que los reprobados sean a veces más y a veces menos atormentados por sus alrededores. Especialmente luego del último juicio habrá un aumento accidental en el castigo; porque  nunca jamás se les permitirá a los demonios abandonar los confines del infierno sino que serán finalmente prisioneros por toda la eternidad y las almas de los  hombres reprobados serán atormentadas en unión con sus cuerpos deformes.

El infierno es el estado de la más grande y completa desgracia, como es evidente luego de todo lo que se ha dicho. Los condenados no tienen ninguna especie de gozo, y les hubiera sido mejor para ellos, no haber nacido (Mat., xxvi, 24). No hace mucho tiempo, Mivart (El Siglo Diecinueve, Dic, 1892., Febr. y Abr., 1893) defendió la opinión que las penas podrían decrecer con el tiempo y que al final su sino sería tan extremadamente triste; que finalmente alcanzarían cierta felicidad y preferirían la existencia a la aniquilación; y aunque continuarían aún sufriendo el castigo simbólicamente descrito como un fuego por la Biblia, aún así no podrían odiar a Dios más y el más desafortunado entre ellos sería más feliz que muchos empobrecidos en esta vida. Es bastante obvio que todo esto es opuesto a las Escrituras y a las enseñanzas de la Iglesia. Los artículos citados condenados por la Congregación del Indice del Santo Oficio el 14 y 19 de Julio de 1893 (cf. “Civiltà Cattolia”, I, 1893, 672).

Dolores accidentales de los condenados

De acuerdo con los teólogos, los dolores de pérdida y el dolor de sentido constituyen la esencia misma del infierno. El primero es, sin duda alguna, la parte más espantosa del castigo. Aunque los condenados también sufren varios castigos “accidentales”. Así como los benditos en el cielo están libres de todo dolor, así también, por otro lado, los condenados nunca experimentan ni siquiera el menor placer real. En el infierno, la separación de la influencia bienaventurada del amor Divino ha llegado a su consumación. Los reprobados deben vivir en el  seno de los condenados; y su estallido de odio o de reproche en que gozan de sus sufrimientos, y sus deformes presencias, son una siempre fresca fuente de tormento. La reunión del alma y el cuerpo luego de la Resurrección será un castigo especial para los reprobados, aunque no habrá ningún cambio esencial en el dolor de sentido que ya están sufriendo.

Poena sensus

Febrero 5, 2009

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El poena sensus, o dolor de sentido, consiste en el tormento del fuego, tan frecuentemente mencionado en la Sagrada Biblia. De acuerdo a la gran mayoría de los teólogos, el término fuego, denota un fuego material, y por lo tanto, fuego real. Sostenemos estas enseñanzas como absolutamente verdaderas y correctas. Sin embargo, no debemos olvidar dos cosas: De Catarinus (m. 1553) hasta nuestros tiempos no han habido teólogos deficientes que interpreten el término fuego de las Escrituras en forma metafórica, como denotando un fuego incorpóreo; y en segundo lugar,  hasta ahora la Iglesia no ha censurado su opinión. Algunos de los Padres también pensaron en una explicación metafórica. Sin embargo, las Escrituras y la tradición hablan una y otra vez del fuego del infierno, y no hay suficientes razones para considerar el término como una mera metáfora.

Se argumenta: ¿Cómo puede un fuego material atormentar demonios o almas humanas antes de la resurrección del cuerpo? Pero, si nuestra alma está así unida al cuerpo como para ser profundamente sensible al dolor del fuego, ¿porqué el Dios omnipotente es incapaz de enlazar incluso los espíritus puros a alguna sustancia material de tal manera que sufran un tormento mas o menos similar al dolor del fuego el cual el alma puede sentir en la tierra? La respuesta indica, en la medida de lo posible, cómo debemos formarnos una idea del dolor del fuego el cual sufren los demonios y los condenados. Los teólogos han elaborado varias teorías sobre este tema, las cuales, sin embargo, no deseamos detallar aquí (el estudio de Franz Schmid “Quaestiones selectae ex theol. dogm.”, Paderborn, 1891, q. iii; también Guthberlet, “Die poena sensus” en “Katholik”, II, 1901, 305 sqq., 385 sqq.).

Es bastante superfluo agregar que la naturaleza del fuego infernal es diferente de aquel de nuestra vida ordinaria; por ejemplo, continúa quemando sin la necesidad de renovar constantemente la provisión de  combustible. Queda bastante indeterminado ¿cómo podemos formarnos un concepto en detalle?; nosotros sabemos meramente que es corpóreo. Los demonios sufren el tormento del fuego incluso cuando, por permiso Divino abandonan los confines del infierno y rondan sobre la tierra. ¿Cómo sucede esto?, es incierto. Podemos asumir que se mantienen encadenados inseparablemente a una porción de ese fuego.

El dolor de sentido es la consecuencia natural de aquel desordenado  recodo en las creaturas las cuales están involucradas en todo pecado mortal. Conviene decir que quien busca placer prohibido debe encontrar dolor como recompensa.. (Cf. Heuse, “Das Feuer der Hölle” en “Katholik”, II, 1878, 225 sqq., 337 sqq., 486 sqq., 581 sqq.; “Etudes religieuses”, L, 1890, II, 309, report of an answer of the Poenitentiaria, 30 April, 1890; Knabenbauer, “In Matth., xxv, 41”.)

Poena damni

Febrero 5, 2009

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La poena damni, o dolor de pérdida, consiste en la pérdida de visión beatífica y por ello, en una  separación total de todos los poderes del alma de Dios, no pudiendo encontrar siquiera la menor paz o descanso. Es acompañado por la pérdida de todo don sobrenatural; pérdida de fe. Los caracteres impresos por los sacramentos sólo permanecen para mayor confusión de quien los lleva.

El dolor de pérdida no es la mera ausencia de bienaventuranza superior, sino que también es el dolor positivo más intenso. El vacío total del alma hecha para el disfrute de la verdad infinita y bondad infinitas, causa en el reprobado una angustia inconmensurable. Su conciencia que Dios, sobre Quien depende completamente, es su enemigo, es abrumadora. Su conciencia de haber perdido por su propio desatino, por incumplimiento las más altas bendiciones por placeres transitorios e ilusorios, los humilla y deprime más allá de toda medida.

El deseo de felicidad, inherente en su misma naturaleza, completamente insatisfecho y ya sin la capacidad de encontrar ninguna compensación por la pérdida de Dios por el placer ilusorio, los deja  completamente miserables. Más aún, están plenamente concientes que Dios es infinitamente feliz y por lo tanto su odio y deseo impotente de injuriarlo los llena de extrema amargura. Y lo mismo es cierto en relación con todos los amigos de Dios que disfrutan la gloria del cielo. El dolor de pérdida es la misma esencia del castigo eterno. Si los condenados contemplaran cara a cara a Dios, el infierno mismo, empero su fuego, sería una especie de cielo. De tener ellos alguna unión con Dios, aunque no sea precisamente unión de visión beatífica, el infierno ya no sería infierno, sino una especie de purgatorio. Y, sin embargo, el dolor de pérdida no es sino la consecuencia natural de aquella aversión a Dios que yace en la naturaleza de todo pecado mortal.

Visión del infierno de santa Faustina Kowalska

Febrero 5, 2009

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“Hoy, fui llevada por un ángel a las profundidades del infierno. Es un lugar de gran tortura; ¡qué imponentemente grande y extenso es!

Los tipos de torturas que vi: la primera que constituye el infierno es la pérdida de Dios; la segunda es el eterno remordimiento de conciencia; la tercera es que la condición de uno nunca cambiará; la cuarta es el fuego que penetra el alma sin destruirla; es un sufrimiento terrible, ya que es un fuego completamente espiritual, encendido por el enojo de Dios; la quinta tortura es la continua oscuridad y un terrible olor sofocante y, a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven unos a otros y ven todo el mal, el propio y el del resto; la sexta tortura es la compañía constante de Satanás; la séptima es la horrible desesperación, el odio de Dios, las palabras viles, maldiciones y blasfemias.

Éstas son las torturas sufridas por todos los condenado juntos, pero ése no es el extremo de los sufrimientos. Hay torturas especiales destinadas para las almas particulares. Éstos son los tormentos de los sentidos. Cada alma padece sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionados con la forma en que ha pecado. Hay cavernas y hoyos de tortura donde una forma de agonía difiere de otra. Yo me habría muerto ante la visión de estas torturas si la omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido.

Debe el pecador saber que será torturado por toda la eternidad, en esos sentidos que suele usar para pecar. Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma pueda encontrar una excusa diciendo que no hay ningún infierno, o que nadie ha estado allí, y que por lo tanto nadie puede decir cómo es.

Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, he visitado los abismos del infierno para que pudiera hablar a las almas sobre él y para testificar sobre su existencia. No puedo hablar ahora sobre él; pero he recibido una orden de Dios de dejarlo por escrito. Los demonios estaban llenos de odio hacia mí, pero tuvieron que obedecerme por orden de Dios. Lo que he escrito es una sombra pálida de las cosas que vi. Pero noté una cosa: que la mayoría de las almas que están allí son de aquéllos que descreyeron que hay un infierno.

Cuando regresé, apenas podía recuperarme del miedo. ¡Cuán terriblemente sufren las almas allí! Por consiguiente, oro aun más fervorosamente por la conversión de los pecadores. Suplico continuamente por la misericordia de Dios sobre ellos.

Oh mi Jesús, preferiría estar en agonía hasta el fin del mundo, entre los mayores sufrimientos, antes que ofenderte con el menor de los pecados”.

Impenitencia de los condenados

Febrero 5, 2009

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Los condenados están ratificados en el mal; cada acto de su voluntad es maligno e inspirado en el odio a Dios. Esta es la enseñanza común de la teología; Santo Tomás  lo establece en varios pasajes. Sin embargo, algunos han mantenido la opinión que, aunque los condenados no pueden realizar ninguna acción sobrenatural, todavía son capaces de realizar, de vez en cuando algún hecho naturalmente bueno; hasta ahora, la Iglesia no ha condenado esta opinión. El autor de este artículo sostiene que la enseñanza común es la verdadera; porque en el infierno, la separación del poder santificante del amor Divino, es total.

Muchos afirman que esta inhabilidad de hacer buenas obras es física, y asignan el impedimento de toda gracia como su causa próxima; al hacer esto, toman el término gracias en su significado más amplio, es decir, toda cooperación Divina tanto en buenas acciones naturales como sobrenaturales. Entonces, los condenados nunca pueden escoger entre actuar fuera del amor de Dios y la virtud y actuar fuera del odio a Dios. El odio es el único motivo en su poder; y no tienen otra alternativa que aquella de mostrar su odio a Dios escogiendo una acción maligna por sobre otra. La última y real causa de su impenitencia es el estado de pecado que libremente escogen como su porción sobre la tierra y sobre la cual pasaron, sin conversión, a la otra vida y a ese estado de permanencia (status termini) por naturaleza debido a criaturas racionales y a una actitud de mente incambiable.

Bastante en consonancia con su estado final, Dios les otorga solo aquella cooperación que corresponde a la actitud que libremente escogieron como suya en esta vida. Por esto, los condenados no pueden sino odiar a Dios y hacer el mal, mientras que el justo en el cielo o en el purgatorio, es inspirado solamente por amor a Dios, no pueden sino hacer el bien.  Por lo tanto, también, las obras de los reprobados, en tanto están inspiradas en el odio a Dios, no son pecados formales, sino solo materiales, porque son realizados sin el requisito de libertad para la imputabilidad moral. El pecado formal que comete el reprobado es solo aquel que, cuando de entre varias acciones en su poder, deliberadamente escoge aquella que contiene la mayor malicia. Por tales pecados formales, los condenados no incurren en ningún aumento esencial de castigo, porque en el estado final la misma posibilidad y el permiso Divino de pecar son en sí mismos un castigo y, más aún, una sanción de la ley moral podría parecer bastante sin sentido.

De lo que se ha dicho se sigue que el odio que las almas perdidas tienen hacia Dios, es voluntario sólo en su causa; y la causa es el pecado deliberado el cual fue cometido en la tierra y por el cual merecieron reprobación. Es también obvio que Dios no es responsable por los pecados materiales de odio de los reprobados porque si les otorga Su cooperación en sus actos pecaminosos como también si les rehúsa toda motivación al bien, El actúa bastante de acuerdo con la naturaleza de su estado. Por lo tanto, sus pecados no son más imputables a Dios que las blasfemias de un hombre en un estado de total intoxicación, aunque no son proferidas sin la asistencia Divina.

El reprobado lleva consigo la primera causa de impenitencia; es la culpa del pecado que  ha cometido en la tierra y con el cual ha pasado a la eternidad. La causa próxima de impenitencia en el infierno es que Dios deniega toda gracia y todo impulso por el bien. No sería intrínsecamente imposible para Dios llevar a los condenados al arrepentimiento; aunque tal curso sería mantenerlos fuera del estado de reprobación final.  La opinión que el rechazo Divino a toda gracia y de motivación al bien es la causa próxima de impenitencia, es sostenida por muchos teólogos, y en particular por Molina. Suárez la considera probable. Scotto y Vásquez sostienen puntos de vista similares. Incluso los Padres y Santo Tomás pueden ser entendidos en este sentido.  Es por esto que Santo Tomás enseña (De verit., Q. xxiv, a.10) que la causa principal de impenitencia es la Justicia Divina, la cual rehúsa dar a los condenados toda gracia. Sin embargo, muchos teólogos p.ej. Suárez, defiende la opinión que los condenados son solo moralmente incapaces de bien; tienen el poder físico, pero las dificultades en sus caminos son tan grandes que nunca podrán ser superadas.

Los condenados nunca pueden desviar su atención de sus horrendos tormentos, y al mismo tiempo saben que han perdido toda esperanza. Por ello, la desesperanza y el odio a Dios, su justo Juez, es casi inevitable e incluso el más mínimo buen impulso se torna moralmente imposible. La Iglesia aún no ha decidido esta cuestión. El autor del presente artículo, se inclina por la opinión de Molina. Pero, si los condenados con impenitentes, ¿como pueden las Escrituras (Sabiduría, v) decir que se arrepienten de su pecado? Deploran con la mayor intensidad el castigo, pero no la malicia del pecado;  a esto se aferran mas tenazmente que nunca. Si tuvieran la oportunidad, cometerían el pecado de nuevo, sin duda no por su gratificación, la cual encuentran ilusoria, sino por cabal odio a Dios. Se sienten avergonzados de su insensatez por buscar la felicidad en el pecado, pero no de la malicia del pecado en sí mismo (St. Tomás, Teol. comp., c. cxxv).

Los castigos del Infierno

Febrero 4, 2009

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Muchos creen que la razón no puede dar ninguna prueba concluyente de la eternidad de las penas del infierno, aunque puede mostrar someramente que esta doctrina no entraña ninguna contradicción. Siendo que la Iglesia no ha tomado ninguna decisión sobre este punto, cada cual es completamente libre de asumir esta opinión. Como es aparente, el autor de este artículo no la sostiene. Admitimos que Dios pudo haber extendido el momento del juicio mas allá de la muerte; sin embargo, de haberlo hecho, habría permitido al hombre saber sobre ello y habría hecho las correspondientes provisiones para el mantenimiento del orden moral en esta vida. Podríamos además admitir que no es intrínsecamente imposible para Dios aniquilar al pecador luego de cierta cantidad de castigo, pero esto estaría menos conforme con la naturaleza del alma inmortal del hombre; y, en segundo término, no conocemos ningún hecho que nos haga tener derecho de suponer que Dios actuaría de tal manera. La objeción radica en que no hay proporcionalidad entre el breve momento del pecado y un castigo eterno. ¿Pero porqué no?. Ciertamente, admitimos una proporción entre un buen fruto momentáneo y su premio eterno, pero no, es verdad, una proporción de duración sino una proporción entre la ley y sus sanciones apropiadas.

Nuevamente, el pecado es una ofensa contra la autoridad infinita de Dios, y el pecador está de alguna manera consciente de esto, aunque imperfectamente. Consecuentemente, en el pecado hay una aproximación a la malicia infinita la cual merece castigo eterno. Finalmente, debemos recordar que, aunque el acto de pecar es breve, la culpa del pecado se mantiene para siempre; porque en la próxima vida, el pecador nunca da la espalda a su pecado por una conversión sincera. Además, se objeta que el único objeto del castigo deba ser la reforma del que hace el mal. Esto no es verdad. Además del castigo inflingido para corregir, también hay castigos para la satisfacción de la justicia. Pero la justicia demanda que quien se desvíe del camino correcto en su busca de la felicidad, no encuentre su felicidad, sino que la pierda. La eternidad de las penas del infierno responde a esta demanda por justicia. Y, además, el temor al infierno en realidad no detiene a muchos del pecado; y, sin embargo, y en tanto es una amenaza de Dios, el castigo eterno también sirve a la reforma de las morales. Pero, si Dios amenaza al hombre con las penas del infierno, El debe también llevar a cabo Su amenaza si el hombre no observa evitando pecar.

Para resolver otras objeciones, debemos hacer notar:

*  Dios no es sólo infinitamente bueno, sino que es infinitamente sabio y santo.
*  Nadie es echado al infierno si no lo merece total y enteramente.
*  El pecador persevera por siempre en su mala disposición.

No debemos considerar el castigo eterno del infierno como una serie de términos distintos y separados de castigo, como si Dios fuera por siempre una y otra vez pronunciando una nueva sentencia e inflingiendo nuevas penas y como si El nunca pudiera satisfacer su deseo de venganza. El infierno es, especialmente a los ojos de Dios, una unidad una e indivisible; no es sino una sentencia y una pena. Podríamos representarnos un castigo de intensidad indescriptible como en cierto sentido al equivalente a un castigo eterno, lo que nos podría ayudar a ver mejor cómo Dios permite al pecador caer al infierno – cómo un hombre que hace tabla rasa de todas las advertencias Divinas, quien falla aprovechándose de toda la paciente indulgencia que Dios le ha mostrado, y quien en desenfrenada desobediencia esta absolutamente inclinado raudo hacia el castigo eterno, lo que es finalmente permitido por la justa indignación de Dios de caer al infierno.

En sí mismo, el dogma católico no rechaza el suponer que Dios pueda, a veces, por vía de excepción, liberar un alma del infierno. Por lo tanto, algunos argumentan con una falta interpretación de la I de Pedro 3:19 y sgts., que Cristo liberó a varias almas condenadas con ocasión de Su descenso al infierno. Otros fueron mal guiados por cuentos no confiables en la creencia que las plegarias de Gregorio el Grande rescataron al Emperador Trajano del infierno. Pero ahora los teólogos son unánimes en enseñar que tales excepciones nunca ocurrieron y nunca ocurrirán, una enseñanza que bien puede ser aceptada.

Si esto es verdad, ¿cómo puede la Iglesia orar en el Ofertorio de la misa por los muertos:  “Libera animas omnium fidelium defunctorum de poenis inferni et de profundo lacu” etc.? Muchos piensan que la Iglesia usa estas palabras para designar el purgatorio. Sin embargo, pueden ser explicadas con mayor rapidez, si tomamos en cuenta el espíritu peculiar de la liturgia de la Iglesia; a veces ella refiere sus plegarias no al tiempo que son dichas, sino al tiempo por el cual son dichas. Por lo tanto, el ofertorio en cuestión se refiere al momento cuando el alma está por abandonar el cuerpo, aunque es positivamente dicha algún tiempo después de tal momento; como si actualmente estuviera en el lecho de muerte del creyente, el sacerdote implora a Dios de liberar las almas del infierno. Pero sea cual sea la explicación que preferimos, esto permanece cierto, que, al decir este ofertorio, la Iglesia intenta implorar sólo aquellas gracias que el alma aún es capaz de recibir; a saber, la gracia de una muerte feliz o la liberación del purgatorio.

El infierno es eterno (y 2)

Febrero 4, 2009

satan03Representación de Satanás engullendo a los condenados

Contradiciendo las palabras de Juan Pablo II en 1999, el actual Papa Benedicto XVI, Ratzinger, asegura que “la casa de Satanás existe y es eterna”. También ha autorizado el regreso de las misas en latín.

“El infierno, del que se habla poco en este tiempo, existe y es eterno”, ha dicho el Pontífice romano. “Nuestro verdadero enemigo es unirse al pecado que puede llevarnos a la quiebra de nuestra existencia”. Antes había dibujado la figura de un Dios “de justicia”, y por tanto, castigador.

El Pontífice hizo estas manifestaciones durante un encuentro que mantuvo en el Vaticano con párrocos y el clero de la diócesis de Roma. En su llamada a la intolerancia con el relativismo y la laicidad, Benedicto XVI ha decidido reponer las armas del catolicismo clásico y ha asegurado que “para hacer frente a la crisis la fuerza de la Iglesia no está en el diálogo ni en la tolerancia, sino en la vuelta a los orígenes”.

Se trata de recuperar el protagonismo perdido y para ello Benedicto asegura que “la proclamación de que el infierno existe y es eterno es la continuación de esa estrategia”, contraponiéndose así a las directrices de su antecesor, el polaco Juan Pablo II, el cual eliminó tales conceptos y desmontó la credulidad popular sobre el cielo, el purgatorio, el infierno e, incluso, el diablo.

La decisión de Benedicto XVI de volver a poner sobre la mesa, sin matices, la idea del infierno eterno choca con ese pasado reciente. No es su primera vuelta al pasado. También ha autorizado las misas en latín con el oficiante de espaldas a los feligreses, por citar un sólo ejemplo. Lo curioso es que hace menos de un año, el 6 de octubre de 2006, este papa mantenía el timón de Juan Pablo II haciendo público el documento de los expertos sobre la inexistencia del limbo, otra de las piezas señeras del Más Allá católico.

¿Qué es el infierno?

Etimológicamente la palabra “infierno” viene del latín “infernus”, que se relaciona con “inferior” en el sentido de un lugar tradicionalmente ubicado bajo la tierra o dentro de ella; y en lo referente a la fe, según la traducción de la Enciclopedia Católica, es un lugar “oscuro, escondido y alejado de Dios”.

La representación más conocida del infierno es la que Dante Alighieri imaginó en “La Divina Comedia”, con nueve círculos con distintos castigos en función de la gravedad del pecado cometido, muy en la línea de la visión helénica del Hades, un infierno escondido tras la laguna Estigia.

Pero la idea de este lugar no es exclusiva de la religión cristiana, sino que otras creencias la han desarrollado: sin ir más lejos, los otros dos grandes cultos monoteístas tienen su propio Averno, el “Sheol” en los inicios del judaísmo, más vinculado a la “oscuridad tras la muerte” que a un castigo por las malas acciones, mientras que en el Corán existen múltiples referencias.

En la antigüedad también se temió al infierno: así, los egipcios describían en el “Libro de los muertos” algunos rituales para salvar al difunto; existen también representaciones del juicio a los muertos en presencia de Anubis, que escoltaba las almas y las protegía de Osiris.

En las culturas precolombinas también existió el infierno: para los mayas Ah Puch era el dios de la muerte, su regente, con cabeza de calavera y el cuerpo en descomposición, muy en la línea del dios azteca de la muerte, Mictian.

Reponiendo el catolicismo más clásico

La llamada de Benedicto XVI a la lucha ideológica contra el pluralismo moral y la modernidad incluye reponer el infierno, con mayúsculas. “El infierno, del que se habla poco en este tiempo, existe y es eterno”, ha dicho el Pontífice romano. “Nuestro verdadero enemigo es unirse al pecado que puede llevarnos a la quiebra de nuestra existencia”. Antes había dibujado la figura de un Dios “de justicia”, y por tanto, castigador.

En su llamada a la intolerancia con el relativismo y la laicidad, Benedicto XVI ha decidido reponer las armas del catolicismo clásico. El Papa cree que la vida cristiana occidental es “una viña devastada por jabalíes”. Para hacer frente a la crisis la fuerza de la Iglesia no está en el diálogo ni en la tolerancia, sino en la vuelta a los orígenes. El Papa exige activismo, no sólo a sus prelados (unos 5.000 en todo el mundo, entre obispos, arzobispos y cardenales); también a los fieles creyentes y, más que a nadie, a los políticos que se llaman católicos.

Las tesis sobre cómo recuperar el protagonismo perdido la expuso Benedicto XVI el pasado 13 de marzo, en una exhortación pastoral perfilada durante año y medio. Fue el primer sínodo del pontificado Ratzinger. En presencia de cardenales, arzobispos y obispos de todo el mundo, el Papa, presidente durante décadas de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la antigua Inquisición romana, retó a los reunidos a llegar al meollo de la crisis del cristianismo para que Dios, un “proscrito en Europa”, según Benedicto XVI, vuelva a figurar en la agenda de una sociedad de bautizados que ya no hace caso a la religión.

La proclamación de que “el infierno existe y es eterno” es la continuación de esa estrategia papal. Lo curioso es que su antecesor, el polaco Juan Pablo II, muerto hace dos años, corrigió a fondo y en la dirección contraria el concepto tradicional del catolicismo sobre el infierno. Lo hizo en el verano de 1999, en cuatro audiencias consecutivas, cada una dedicada a desmontar la credulidad popular sobre el cielo, el purgatorio, el infierno e, incluso, el diablo. “El cielo”, dijo entonces el pontífice polaco, no es “un lugar físico entre las nubes”. El infierno tampoco es “un lugar”, sino “la situación de quien se aparta de Dios”. El Purgatorio es un estado provisional de “purificación” que nada tiene que ver con ubicaciones terrenales. Y Satanás “está vencido: Jesús nos ha liberado de su temor”.

La homilía sobre el infierno la pronunció el papa Juan Pablo II en la audiencia del miércoles 28 de julio de 1999. Dijo: “Las imágenes de la Biblia deben ser rectamente interpretadas. Más que un lugar, el infierno es una situación de quien se aparta del modo libre y definitivo de Dios”. ¿Por qué el papa polaco revisó entonces la doctrina oficial sobre el Más Allá? La primera respuesta tenía que ver con “el acoso de la ciencia”, en palabras de los teólogos. Roma no quería repetir la amarga historia de Galileo. La segunda razón tenía que ver con las estadísticas: el 60% de los romanos católicos cree en Cristo, pero no en el infierno ni en el paraíso. Por último, aquel papa cumplía una obligación conciliar, retrasada mucho más de lo prudente. La Iglesia vive en su tiempo, y ha de poner al día la interpretación que en el pasado se hizo de los textos sagrados. Se trata del aggiornamento, la palabra preferida de los papas Juan XXIII y Pablo VI, impulsores del revolucionario Vaticano II, celebrado entre 1962 y 1965.

Según los catecismos clásicos, el limbo de los niños era el lugar al que iban a parar quienes morían sin uso de razón y sin haber sido bautizados. Un lugar sin tormento ni gloria. El castigo consistía en vivir en una tercera clase de cavidad distinta del cielo y el infierno, en el que las almas cándidas, además de estar privadas de gloria, sufrirían la condenación de la ausencia de quienes habían tenido la fortuna de salvarse: padres, hermanos y demás familia. La doctrina tridentina incentivaba con tales argumentos el bautismo rápido de los recién nacidos.

La doctrina que coloca en el limbo a los niños muertos sin haber cometido pecado, pero con la culpa del pecado original no lavada por el bautismo, es de origen medieval y poco relevante entre los teólogos modernos a no ser porque se hermana con la idea, también arrumbada por el Vaticano II, de que fuera de la Iglesia romana no había salvación.

La decisión de cerrar el limbo la impulsó el papa polaco encargando el asunto a una Comisión Teológica Internacional liderada por el hoy papa Ratzinger. La encomienda tenía su relevancia porque no era sólo liquidar la idea de cielo o infierno como lugares concretos en el firmamento, sino un repaso en toda regla a las tesis clásicas sobre el pecado original. En esta revisión cartográfica, la semana pasada Ratzinger solucionó uno de los vacíos creados por su antecesor. Tras la eliminación del limbo, a los padres creyentes les preocupaba la situación de los niños muertos no bautizados. La vuelta al paraíso es la solución apuntada.

Desde san Agustín al Vaticano II la Iglesia de Roma había sostenido la visión clásica del hombre en pecado desde que Eva y la serpiente liaron a Adán para comerse juntos una manzana. La escatología cristiana posterior al Vaticano II sostiene que fue introducido por san Agustín, al extender a todos los hombres la culpa por aquel pecado original -sucedido en un paraíso que la ciencia tampoco pudo encontrar-, lo que hizo fue una mala traducción de una de las epístolas de san Pablo.

La Biblia no cita por su nombre ni a un sólo condenado al castigo eterno

La existencia del Infierno se mueve en un terreno pantanoso incluso en la Biblia. En ninguno se sus pasajes se dice que alguien haya sido enviado a ese lugar. Ni siquiera de Judas, el traidor por excelencia de Cristo, el más malo entre los malos, es colocado allí, sino que san Pedro se limita a situarle “en el lugar que le correspondía”. Hay teólogos que, sabedores de la ambigüedad que transpiran las Sagradas Escrituras en ese terreno, llegan a considerar “una insensatez” querer hilar fino en esta materia.

Benedicto XVI tampoco ha querido sentar cátedra en esa cuestión. Quizá quiera recordar que el infierno existe, pero “como una posibilidad real sobre la que no se puede pronunciar con contenidos precisos”, recuerda el decano de la Facultad de Teología de Catalunya, Armand Puig, que cita en su apoyo la última encíclica del Papa, Spe Salvi. Otro teólogo, el monje de Montserrat Bernabé Dalmau, cree que la novedoso consistiría en que el Papa negase que el infierno está vacío, desautorizando a Von Balthazar.

(Fuente:  Reportaje ‘El Infierno existe’)

El Infierno es eterno (1)

Febrero 4, 2009

infernodedore01El infierno, según Gustave Doré

Muchos admiten la existencia del infierno, pero niegan la eternidad de sus castigos. Los Condicionalistas mantienen sólo la inmortalidad del alma y aseguran que luego de sufrir cierta cantidad de sufrimiento, las almas de los malvados serán aniquiladas. Entre los Gnósticos, los Valentinianos mantienen la doctrina y más tarde también Arnobius, los Socinianos, muchos Protestantes tanto en el pasado como en nuestros tiempos, especialmente los últimos (Edw. White, “Life in Christ”, New York, 1877). Los Universalistas enseñan que al final, todos los condenados, al menos todas las almas humanas, lograrán la beatitud (apokatastasis ton panton, restitutio omnium, de acuerdo a Orígenes). Esto era un dogma de los Origenistas y los Misericordes de quienes San Agustín habla (De Civ. Dei, XXI, xviii, n. 1, in P.L., XLI, 732).

Hubo adherentes individuales a esta opinión en todos los siglos ej. Scotus Eriugena; en particular, muchos Protestantes racionalistas de los últimos siglos han defendido esta creencia. Ej. En inglaterra, Farrar, “Esperanza Eterna” (cinco sermones predicados en Westminster Abbey, Londres y Nueva York, 1878). Entre los Católicos, Hirscher y Schell recientemente han expresado la opinión que aquellos que no mueren en estado de gracia aún pueden convertirse después de la muerte si no son demasiado malvados e impenitentes.

La Sagrada Biblia es bastante explícita en la enseñanza de la eternidad de las penas del infierno. Los tormentos de los condenados durarán para siempre (Apoc., xiv,11; xix,3; xx,10).  Hay justos por siempre como hay gozos en el cielo (Mat. Xxv, 46). Cristo dijo de Judas: “hubiera sido mejor para él, si este hombre no hubiera nacido” (Mateo, xxvi, 24). Pero esto no hubiese sido verdadero si Judas no hubiese sido liberado del infierno y admitido a la felicidad eterna. Nuevamente Dios dice de los condenados: “Su  gusano no muere y su fuego no se apaga” (Is., lxvi, 24; Mark ix, 43, 45, 47). El fuego del infierno es llamado repetidamente eterno e inextinguible. Los condenados padecen la cólera de Dios (Juan iii, 36); son naves de la Divina cólera (Rom. Ix, 22); ellos no poseerán el Reino de Dios ( I Cor., vi,10; Gal. V, 21) etc. Las objeciones aducidas desde la Escrituras contra esta doctrina, son tan insignificantes que no valen la pena discutirlas en detalle. La enseñanza de los Padres no es menos clara y decisiva (cito Patavius, “De Angelis”, III, viii). Nosotros simplemente traemos a colación el testimonio de los mártires que a menudo declararon que estaban contentos con sufrir dolor de breve duración con tal de escapar de los eternos tormentos; e.g. “Martyrium Polycarpi”, c. ii (cf. Atzberger, “Geschichte”, II, 612 sqq.). Es verdad que Orígenes cayó en el error en este punto y precisamente por este error fue condenado por la Iglesia (Canones adv. Origenem ex Justiniani libro adv. Origen., can. ix; Hardouin, III, 279 E; Denz., n. 211). En vanos fueron los intentos hechos para socavar la autoridad de estos cánones (cf. Dickamp, “Die origenistischen Streitigkeiten”, Münster, 1899, 137).

Por lo demás, incluso en Orígenes encontramos las enseñanzas ortodoxas sobre la eternidad de las penas del infierno; puesto que en sus palabras, la fe Cristiana ha sido una y otra vez victoriosa sobre el filósofo dubitativo. Gregorio de Nisa pareciera haber favorecido los errores de Orígenes; muchos, sin embargo, creen que sus declaraciones pueden ser mostradas como en armonía con la doctrina Católica. Pero las sospechas que han sido imputadas sobre ciertos pasajes de Gregorio de Nazianzo y Jerome decididamente no tienen justificación (cf. Pesch, “Theologische Zeitfragen”, 2nd series, 190 sqq.). La Iglesia profesa su fe en la eternidad de los dolores del infierno en términos claros en el Credo Atanasio (Denz., nn. 40) en decisiones doctrinales auténticas (Denz, nn. 211, 410, 429, 807, 835, 915), y en incontables pasajes de su liturgia; ella nunca ora por los condenados. Por lo tanto, más allá de la posibilidad de duda, la Iglesia expresamente enseña la eternidad de las penas del infierno como una verdad de fe que nadie puede negar o cuestionar sin caer en manifiesta herejía.

Pero ¿cuál es la actitud de mera razón hacia esta doctrina? Así como Dios debe designar algún término fijo para el tiempo del juicio, luego del cual el justo entrará en segura posesión de una felicidad que nunca jamás perderá en toda la eternidad, así también es apropiado que luego de la expiración de ese término, al malvado le será cortada  toda esperanza de conversión y felicidad. En cuanto a la malicia de los hombres no puede forzar a Dios a prolongar el tiempo destinado de prueba y darles una y otra vez, sin fin, el poder de decidir sus suertes por la eternidad. Cualquier obligación de actuar de esta manera, sería indigno de Dios, porque  lo haría dependiente del capricho de la malicia humana, quitaría gran parte de eficiencia a sus amenazas y ofrecería a la presunción humana la más amplia visión y el mas fuerte incentivo. Dios actualmente ha destinado el fin de esta vida presente, o el momento de la muerte, como el término de la prueba del hombre. Porque en ese momento, se produce en nuestra vida, un cambio esencial y momentáneo; del estado de unión con el cuerpo, el alma pasa a otra vida. Ningún instante de nuestra vida es tan agudamente definido por su importancia. Por lo tanto, podemos concluir que la muerte es el fin de nuestra prueba; porque es convenido que nuestro juicio deberá terminar en un momento de nuestra existencia tan prominente y significante de manera de ser fácilmente percibido por todo hombre. Consecuentemente, es la creencia de toda la gente que la retribución eterna se dispensa inmediatamente después de la muerte. Esta convicción de la humanidad es una prueba adicional de nuestra tesis. Finalmente, la preservación del orden moral y social no estaría suficientemente procurado si los hombres supieran que el momento del juicio continuará después de la muerte.

El Infierno existe

Febrero 3, 2009

puerta_del_infierno

El Infierno existe. Todos aquellos que mueren en pecado mortal personal, como enemigos de Dios y no merecedores de la vida eterna, serán severamente castigados por Dios después de la muerte. La existencia del infierno es negada por todos aquellos que niegan la existencia de Dios o la inmortalidad del alma. Así los Judíos, los saduceos, los gnósticos, los seleucianos y en nuestros tiempos los materialistas, panteístas, etc. niegan la existencia del infierno.

La existencia del infierno está probada primeramente en la Biblia. Cada vez que Cristo y los Apóstoles hablan del infierno, ellos suponen el conocimiento de su existencia (Mat., v, 29; viii, 12; x, 28; xiii, 42; xxv, 41, 46; II Tess., i, 8; Apoc., xxi, 8, etc.).  En la obra de Atzberger “Die christliche Eschatologie in den Stadien ihrer Offenbarung im Alten und Neuen Testament”, Freiburg, 1890, se aprecia un desarrollo de argumentos de las Escrituras muy completo,  especialmente con relación al Antiguo Testamento. También los Padres, desde tiempos remotos han sido unánimes en sus enseñanzas que los malvados serán castigados luego de la muerte. Y como prueba de su doctrina apelaron tanto a las Escrituras como a la razón. (cf. Ignatius, “Ad Eph.”, v, 16; “Martyrium s. Polycarpi”, ii, n, 3; xi, n.2; Justin, “Apol.”, II, n. 8 in P.G., VI, 458; Athenagoras, “De resurr. mort.”, c. xix, in P.G., VI, 1011; Irenaeus, “Adv. haer.”, V, xxvii, n. 2 in P.G. VII, 1196; Tertuliano, “Adv. Marc.”, I, c. xxvi, in P.L., IV, 277). Ver en Atzberger “Gesh. der christl. Eschatologie innerhalb der vornicanischen Zeit” (Freiburg, 1896); Petavius, “De Angelis”, III, iv sqq. Citas de las enseñanzas patrísticas.

La Iglesia profesa su fe en el Credo Atanasio: “Aquellos que han hecho el bien tendrán vida eterna y aquellos que han hecho el mal, fuego eterno” (Denzinger, “Enchiridion”, 10th ed., 1908, n.40). La Iglesia repetidamente ha definido esta verdad. Por ejemplo, en la profesión de fe hecha en el Segundo Concilio de Lyon (Denx, n. 464) y en el Decreto de Unión en el Concilio de Florencia (Denz, N. 693), se cita textualmente: “Las almas de aquellos que se van en pecado mortal o sólo en pecado original, bajan inmediatamente al infierno, para ser castigados, sin embargo, con penas desiguales” (poenis disparibus).  Si abstraemos la eternidad de su castigo, la existencia del infierno puede ser demostrada incluso por la luz de la mera razón. Dios, en su santidad y justicia, como asimismo en su sabiduría, debe vengar la violación del orden moral con tal sabiduría como para preservar, al menos en general, alguna proporción entre la gravedad del pecado y la severidad del castigo. Aunque es evidente por experiencia que Dios no siempre hace esto en la tierra; por lo tanto El castigará después de la muerte. Más aún, si todos los hombres estuvieran totalmente convencidos que el pecador necesita temor y no un tipo de castigo después de la muerte, el orden moral y social puede quedar seriamente amenazado. Sin embargo, esto no lo puede permitir la Divina sabiduría. Nuevamente, si no hubiera retribución mas allá de lo que ocurre frente a tus ojos aquí en la tierra, deberíamos considerar a Dios extremadamente indiferente al bien y al mal, y podríamos  no tomar en cuenta su justicia y carácter sagrado. Tampoco se puede decir: los malvados serán castigados pero no por aflicción positiva; porque ya sea que la muerte será el fin de sus existencias, o por la pérdida del rico premio del bueno, disfrutarán en menor grado de la felicidad. Estos son  subterfugios arbitrarios y vanos, sin apoyo en razón alguna; el castigo positivo es la recompensa natural del mal. Además, la debida proporción entre el demérito y el castigo sería imposible a través de una aniquilación indiscriminada de todos los condenados.

Y si los hombres supieran que a sus pecados no les sigue el sufrimiento, la mera amenaza de aniquilación al momento de morir,  y menos aún el prospecto de algún grado menor de beatitud  sería suficiente para disuadirlos de pecar. Más aún, la razón entiende fácilmente que en la próxima vida el justo será feliz como premio de sus virtudes. Pero el castigo del mal es la contraparte natural del premio a la virtud. Por lo tanto, también habrá castigo por el pecado en la próxima vida. Consecuentemente, encontramos entre todas las naciones la creencia que los que hacen el mal serán castigados después de la muerte. Esta convicción universal de la humanidad es una prueba adicional de la existencia del infierno. Porque es imposible que, en relación con las cuestiones fundamentales del ser y del destino, todos los hombres caigan en el mismo error. Además, el poder de la razón humana sería esencialmente deficiente, y el orden de este mundo estaría indebidamente envuelto en el misterio; sin embargo, esto resulta repugnante tanto para la naturaleza como a la sabiduría del Creador.  Sobre la creencia de todas las naciones de la existencia del infierno cito Lüken, en “Die Traditionen des Menschengeschlechts” (2nd ed., Münster, 1869); Knabenbauer, “Das Zeugnis des Menschengeschlechts fur die Unsterblichkeit der Seele” (1878).